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viernes, 5 de febrero de 2010

A continuación me permito trascribir textualmente un artículo de Francisco Adeva Herranz, publicado en el número nueve del cuaderno cultural Primula y aparecido en www.librexpresion.org, por considerarlo una muy buena síntesis de la cosmovisión manejada por aquellos hombres y mujeres muy comunes en nuestra época, y para quienes en vez de salir el sol, sale el signo pesos (o un dólar). . ¿Rubén Blades?


Pensamiento Burgués

Jueves 04/02/2010 - 11:58 — MaraudeR

Cada vez se constata con mayor claridad que el siglo XXI comienza con el signo de la crisis como la más evidente de sus características; crisis, incertidumbre o desconcierto en las formas de vida y de pensamiento colectivo e individual. En la búsqueda de soluciones más o menos definitivas a los problemas que nos envuelven, quizá sea conveniente ofrecer una breve reseña sobre el hombre con mayor influencia en el mundo contemporáneo, el hombre de los países occidentales, el hombre que en términos generales podemos calificar como burgués.
De origen bajomedieval, se desarrolla en la Edad Moderna al calor de las revitalizadas ciudades, la artesanía y el comercio, alcanzando su plenitud en la Contemporánea tras desplazar a la nobleza y controlar los resortes económicos, políticos, sociales y culturales de las principales potencias europeas y los EE.UU. de Norteamérica.

He aquí algunos de los rasgos más sobresalientes en su forma de entender la vida y las relaciones interpersonales:

+ Concepto racionalista y materialista de la existencia.

+ Cree que todos los hombres y mujeres nacen libres e iguales.

+ Amor a la libertad individual, personal, de la que es celoso guardián. Por extensión defiende la colectiva de la que reniega fácilmente con solo intuir que los derechos del grupo puedan erosionar los recursos económicos y condición social propios.

+ Desprecio hacia la persona que no ha sabido triunfar como consecuencia del mal ejercicio que hace de la libertad.

+ Individualista.

+ En oposición a la nobleza, amor al trabajo como base del progreso individual y colectivo. Pero solo hasta el siglo XX en que, desvirtuando su ideología a medida que el grupo se hace mayoritario, tiende al parasitismo.

+ Gusto por el brillo social: hoy diríamos apariencia o imagen- como expresión del éxito personal alcanzado por mérito propio, sin reparar en los medios que le proporciona el resto de la ciudadanía. Como resultado del afán desmedido por destacar, gusta aparecer en público haciendo gala de lo que a veces consigue y atesora: bienes raíces y mobiliarios, cultura o supuesta cultura, titulaciones, homenajes, menciones honoríficas, en suma notoriedad. Todo ello, mediante el empleo sistemático de ademanes exagerados, locuacidad o vana palabrería. Cualquier recurso es bueno con tal de quedar bien, sobresalir. En el siglo XVII, momento en que ya proliferaba, Molière se burla de la presunción, fatuidad y ridiculez del personaje: El Tartufo o El Impostor (1664), El Misántropo (1666), El Avaro (1668), El Burgués Gentilhombre (1670) .......

+ Indiferencia religiosa a pesar de que se reclame seguidor de tal o cual secta más o menos extendida. En la mayoría de los casos su relación, de existir, con la divinidad se reduce, por si acaso, a lo puramente externo, al cumplimiento no siempre estricto de funciones y ritos que impone toda creencia. De hecho su materialismo solo reconoce la NATURALEZA, lo sensitivo, lo corporal, como único dios: Deísmo del XVIII y posteriores ecologismo, naturismo, culturismo.

+ Supuesto progresismo, hasta que los más desheredados de la Tierra proponen un Nuevo Orden Económico Internacional, que suponga un mayor y mejor reparto de la riqueza entre los pueblos. En materia impositiva o cualquier otro mecanismo redistribuidor de rentas, tiende a zafarse con ahínco, refugiándose en el socorrido que paguen los que más tienen, sin admitir jamás que es un privilegiado social sin otro mérito que haber nacido en lugar, tiempo y circunstancias determinadas. Como sustitutivo, para acallar su maltrecha conciencia, y sin apenas renunciar a bien material alguno, propone la caridad, el auxilio social, la celebración de innumerables actos públicos en beneficio de los débiles y en último término ayudas al desarrollo a través de diversos organismos como la ONU u ONGs controlados casi siempre por los poderosos.

En resumen, el buen burgués es el gran egoísta con mala conciencia, aunque la mayoría veces actúe de buena fe, según dice. Su capacidad de auto justificación es infinita.

Gijón (Asturias) 15-4-2004
Francisco Adeva Herranz

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